Yo nunca conocí El Fuerte, ni siquiera cuando he ido a la isla me ha dado por visitarlo, y todavía hoy no sé muy bien que demonios es El Fuerte, si comandancia o pedanía.

En El Fuerte sé que creció mi abuela Z, junto con un montón de hermanos y hermanas que hoy, dentro de esa terrible neblina que ahoga el recuerdo de muchos de nuestros ancianos, todavía tiene el tino de decirte todos sus nombres y en que lugar del mundo han muerto, porque sí, porque sólo queda ella.

A mi abuela le tocó una niñez y juventud de paisajes y bancales verdes, de tierra fértil pero retorcida que había que domesticar cada día, porque la naturaleza en ese lugar, y en esa época, era salvaje, y te volvía del revés lo que habías trabajado, en una sola noche de lluvia y lozanía.

Mi abuela, y su familia, vivían en una casa de suelo de barro prensado, cocina de carbón y tejado torcido por el peso de la vegetación. Fuera de la casa, los huertos, alineados por cultivos: patatas, calabazas, bubangos, pantana... y todo ello separado del vecino por lindes infranqueables de higos chumbos y caña de azúcar.

Si tenía que ir al pueblo caminaba descalza y en la última curva, antes de llegar, se ponía los zapatos que traía en la mano por no destrozarlos con las piedras del camino. Esto lo aprendería, imagino, de su amiga Nola, auténtica apasionada del calzado y madre de Manolo Blahnik.
Si hacía bueno iban todos los hermanos y amigos a Los Cancajos, allí nadaban en un mar frío, gris acero y embravecido. Las fotos me enseñan un grupo de jóvenes todos ataviados con gordísimos albornoces y zapatillas de cáñamo atadas hasta bien arriba la pantorrilla para esquivar las piedras cortantes de la playa negra.
Fotografías hay también de antiguos carnavales, simpáticas escenas de chicas y chicos vestidos de cocineros, o de curas y monjas... naturalidad y falta de temor de la República, sin duda.

Mi abuela vive hoy anclada en ese ayer. A veces te pregunta que donde está tal o cual persona, que tu sólo conoces porque le escuchaste alguna vez una historia de su infancia, otras te pregunta si la casa de El Fuerte está arreglada, que no tiene otro sitio donde vivir.

La casa se perdió hace muchos años, a finales de los 60 pero quizás ella, que salió de allí mucho antes pero que no quiso irse de allí nunca, ya no quiera recordar nada de lo que no quiso hacer.
Había días, que junto a ella, sus fotos y sus recuerdos, podía aspirar fuerte y que viniera a mi toda la carga de olor a sal y nublado de su playa, si me esforzaba un poco podía notar el zumo denso e irritantemente empalagoso de la caña de azúcar recién cortada.
Se quedaron con la casa, abuela, se quedaron con ella. Pero sus mejores años, son tuyos. Sólo tu los recuerdas.